Y Muse imaginó «The Dark Forest»

Por: Eduardo Zaragoza

¿Dónde está todo el mundo? Una pregunta que Enrico Fermi se hizo en 1950, mientras charlaba con Edward Teller, Herbert York y Emil Konopinski, al dialogar acerca de la posibilidad de que hubiera vida extraterrestre. Todos ellos formaron parte del proyecto Manhattan, todos fueron responsables de cambiar al mundo, y Fermi ganó el Nobel de física en 1938, por lo que es una voz autorizada en la materia.

Al calcular el número de estrellas y planetas solamente en nuestra galaxia, se dio cuenta que las probabilidades de que en algún otro mundo hubiera vida, eran altas. Entonces la pregunta es más que obvia, ¿dónde están todos? Así surgió la paradoja de Fermi, y tiempo después, en 1983, David Brin intentó responder a dicha paradoja con su teoría del bosque oscuro. La teoría es sencilla; claro que hay muchas especies alienígenas, pero ninguna se revela por miedo, porque todas son consideradas como amenazas por las demás, y deben permanecer en silencio, sin llamar la atención, como si se ocultaran en el más oscuro de los bosques.

Por supuesto que esta noción despertó la curiosidad de Matthew Bellamy, quien se decidió a transformar esta teoría en una canción, pero con un giro; Bellamy se hizo una pregunta similar, sólo que de modo personal, tratando de hallar una repuesta a su soledad.

En Map of the Problematique, canción del mítico Black Holes & Revelations (que justo está cumpliendo veinte años), y que es un álbum también fuertemente inspirado en el espacio, puntualmente en Marte, Bellamy se pregunta ¿cuándo se terminará esta soledad? Parece que la respuesta no solamente no ha llegado, sino que de hecho, hay más cuestionamientos aún.

La soledad puede ser consejera pero también traidora. Puede traer sabiduría, pero igualmente mucho dolor. Y en ocasiones, puede ser el catalizador para la creatividad absoluta.

Sin dudar diría que las más grandes obras de Muse, aquellas que brillan con más intensidad son aquellas donde la paranoia, las teorías de la conspiración, la oscuridad y lo épico salen a la luz; bajo esta premisa no queda más que dar la bienvenida a The Dark Forest como una de las más grandiosas, amenazantes, y espectaculares bestias del repertorio de Muse.

En apenas cinco minutos, Bellamy condensa toda la tradición de la banda, junto con el legado de Telstar de The Tornados, agrupación donde tocaba su padre, y nos entrega una pieza tremendamente grandilocuente, rimbombante, impresionante, casi excesiva, pero que cumple perfectamente con lo que representa Muse: un rock barroco al extremo, abigarrado, como el techo de las más fastuosas catedrales, épico a más no poder, y que viste categóricamente a la hipótesis del bosque oscuro.

Sí, ya habíamos escuchado arreglos orquestales en la discografía de los de Devon con anterioridad, y también coros, y sí, muchas de esas composiciones son sin lugar a dudas magníficas. Desde Butterflies & Hurricanes, Blackout, hasta Supremacy, The Void, Hoodoo, City of Delusion, y The 2nd Law: Unsustainable, pasando por la magistral sinfonía Exogenesis, Bellamy, nunca ha ocultado su fascinación por la música académica, y ha dado rienda suelta a su creatividad usando los mayores y más elevados recursos posibles. Y sí, jamás había quedado a deber, pero al escuchar The Dark Forest, se puede sentir que un sentimiento lo invadió por completo, y que lo plasmó en una melodía tan grande como puede ser posible.

¿Y si la soledad lo motivó a crear algo que supera la categoría de «enorme»? Como él mismo lo dijo en una entrevista, al sentirse desolado y con el corazón roto por su divorcio; recordó que necesita música para sobrevivir, y en esa necesidad, encontró el escaparate necesario que desembocó en la colosal canción que abre The Wow! Signal.

Oscura, temible, con un galope que recuerda totalmente a la también legendaria Knights of Cydonia, la melodía se torna cercana al Lawrence of Arabia de Maurice Jarre, partitura laureada con el Oscar, y con la que Muse ya había coqueteado en United States of Eurasia, pero aquí todo se siente más tenebroso, más enigmático y más grande. Mientras avanza, The Dark Forest adquiere más dramatismo, genera más preguntas, pero también crece más amenazante, y en un tenor fílmico, se percibe que con el pasar de los segundos algo sucederá. Bellamy canta que todos rogaremos por la extinción, y que estamos condenados, pero que es nuestra última oportunidad para poder ascender. Hay una pausa, regresa ese oscuro galope, no hay miedo, pero súbitamente y en latín, se pide piedad al señor. Los coros entran, la canción revienta, se menciona a Dios, las estrellas, al cielo, a las máquinas, al mismo Lucifer, y se vuelve a pedir piedad al creador. Ahí, el track que ya estaba a tope, en nivel 10, rompe la barrera y llega a 11, a 12, y el caos toma el control. Uno de los mejores riffs de Bellamy irrumpe a lo grande, y la atmósfera de horror cósmico, de un Apocalipsis que se acerca, del más terrible de los destinos, está completa.

Quizá es porque la secuencia Kyrie de la Misa de Réquiem de Mozart es tan impresionante, tan imponente, y The Dark Forest es tan similar, que, al llegar a su cenit, se percibe con una trascendencia que Muse ya había alcanzado, pero que esta vez conquista una plenitud absoluta y más allá de lo meramente épico (como ya se denomina a lo heroico y enorme), atreviéndose a ir a donde Muse ya se había aventurado, pero dando un paso más allá.

¿Por qué es tan satisfactoria, tan grande, tan Muse? La respuesta es simple; The Dark Forest es el resultado de toda la discografía de Bellamy, Howard y Wolstenholme. Cada canción, cada álbum, los llevo a este momento, y después de diez placas de estudio, ya sin nada que demostrar a nadie, el trío británico prueba que los blockbusters musicales son su mayor legado, que son los elegidos para crear monumentos musicales ridícula y obscenamente grandes, dignos de murales, de techos de catedrales, de óperas, de sinfonías. Porque Muse, un paso a la vez, se han designado a sí mismos como el estandarte del rock más barroco, más titánico posible, y siempre han mirado a las estrellas, por su enigma, por sus misterios, pero también por su belleza, y porque a veces, el planeta, la vida cotidiana, la realidad mundana se quedan cortos, se tornan decepcionantes y no alcanzan para satisfacer la ambición desmedida de un hombre que simplemente hace música para poder vivir. ¿Cuándo se terminará esta soledad? No lo sé, porque a veces el dolor es muy grande, a veces los faros no pueden alumbrar la oscuridad, a veces los dioses están hechos de níquel y cianuro, y a veces, aceptar que estamos condenados, es la última invitación para poder ascender. El más oscuro de los bosques puede ser terrible, pero hay cosas terribles que son igualmente grandiosas, justo como este clásico instantáneo de Muse.